El Molinón: parches millonarios para un estadio sin rumbo
La inversión de dos millones de euros anunciada por el Ayuntamiento de Gijón para actuar en El Molinón vuelve a evidenciar un problema que ya no se puede maquillar.
El estadio del Real Sporting de Gijón necesita una reforma integral y una modernización profunda, no una sucesión de parches que, a medio plazo, terminarán siendo más caros.
Parches hoy, problemas mañana
Invertir en actuaciones puntuales puede servir para salir del paso, pero no resuelve el problema estructural. Cada intervención aislada añade coste acumulado sin transformar realmente el estadio.
La pregunta es inevitable: ¿Cuánto dinero se va a gastar en pequeñas reformas antes de asumir que lo necesario es un proyecto global?
Porque lo que hoy se presenta como una solución, en realidad puede ser el inicio de un gasto mucho mayor, fragmentado y sin eficiencia.
Un estadio anclado en el pasado
Mientras tanto, la mayoría de estadios del fútbol profesional español están inmersos en procesos de modernización integral, adaptándose a nuevas exigencias:
experiencia del espectador, sostenibilidad, explotación comercial y estándares internacionales.
El riesgo es evidente: El Molinón no solo es el estadio más antiguo del fútbol profesional español, sino que corre el peligro de convertirse también en el más viejo y obsoleto.
Y esa no es una cuestión estética, sino competitiva: afecta a ingresos, eventos, imagen de ciudad y atractivo deportivo.
La incoherencia del debate patrimonial
Uno de los puntos más controvertidos es la insistencia en mantener ciertos elementos arquitectónicos como si se tratase de piezas intocables. En concreto, la fachada de Vaquero Turcios.
Conviene decirlo con claridad: las obras de arte están en los museos; los estadios están para el deporte y el espectáculo.
Preservar identidad no puede convertirse en una excusa para frenar la funcionalidad. La modernización no implica borrar la historia, pero sí priorizar el uso real del espacio.
Años de mensajes contradictorios
Otro de los grandes problemas es la falta de coherencia institucional. Durante años se han lanzado mensajes distintos, incluso contradictorios, sobre el futuro del estadio:
proyectos ambiciosos, reformas parciales, opciones vinculadas al Mundial, planes que aparecen y desaparecen.
El resultado es desconcertante: nadie sabe realmente qué se va a hacer.
Y eso, en términos de gestión pública, es una señal preocupante.
¿Dónde está el proyecto?
Si realmente se va a iniciar una reforma, hay preguntas básicas que deberían estar ya respondidas:
- ¿Cuál es el proyecto global de actuación?
- ¿Qué fases contempla la reforma?
- ¿Cuál es el cronograma o timing de las obras?
- ¿Cuál es el presupuesto total previsto?
Porque cuesta entender que se anuncien inversiones sin que exista, o al menos se haya presentado públicamente, un plan detallado.
La sensación es que se actúa sin una hoja de ruta clara, lo que refuerza la idea de improvisación.
El eterno conflicto: quién paga
A todo esto se suma una cuestión clave que sigue sin resolverse:
¿quién debe asumir el coste del mantenimiento y las futuras reformas?
El estadio es municipal, pero su uso corresponde al Sporting. Sin un acuerdo claro y estable, el conflicto está garantizado.
Es imprescindible dejar definido:
- quién financia las obras,
- quién asume el mantenimiento,
- y bajo qué condiciones se explota la instalación.
Sin ese marco, cualquier inversión será solo el preludio de un nuevo desacuerdo.
La gran oportunidad perdida: el Mundial 2030
Y en el fondo de todo este debate aparece una evidencia difícil de ignorar: Gijón dejó pasar la oportunidad de ser sede del FIFA World Cup 2030.
Aquello no solo era un evento deportivo. Era una vía de financiación clave: fondos estatales y apoyo de organismos internacionales que habrían permitido acometer una reforma integral con menor carga para las arcas locales.
Lo que hoy se plantea como una inversión municipal fragmentada podría haber sido, hace no tanto, un proyecto transformador financiado en gran parte desde fuera.
Conclusión: decidir antes de gastar
El problema de El Molinón no es la falta de inversión, sino la falta de dirección.
Antes de seguir gastando en actuaciones parciales, Gijón necesita responder a una pregunta fundamental: qué estadio quiere tener dentro de 10, 20 o 30 años.
Sin esa respuesta, cualquier obra será solo un parche más. Y cada parche, además de insuficiente, será más caro que haber hecho bien las cosas desde el principio.

